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sábado, 18 de julio de 2020

LA LIBERTAD RESIDE EN ACEPTAR LO SUCEDIDO (reflexión)


        (La selección de estos fragmentos se debe a la reflexión que personalmente encuentro en ellos y que he querido compartir. Todos lo fragmentos pertenecen al libro titulado La bailarina de Auschwitz, de Edith Eger.)


LA LIBERTAD RESIDE EN ACEPTAR LO SUCEDIDO

    Cuando ocultamos a la fuerza nuestra realidad, nuestra historia, los secretos pueden convertirse en trauma, en prisión. Lejos de disminuir el dolor, todo lo que nos negamos a intentar aceptar se convierte en una realidad tan inexpugnable como los muros de cemento y las barras de acero. Si no nos permitimos afligirnos por nuestras pérdidas, heridas y decepciones, estamos condenados a revivirlas.

La libertad reside en aceptar lo sucedido. La libertad significa armarnos de valor para desmantelar la prisión pieza a pieza. [...]

    Si me preguntaran cuál es el diagnostico más habitual de las personas a las que trato, no respondería depresión ni trastorno de estrés postraumático, a pesar de que esas afecciones son absolutamente habituales entre quienes he conocido, amado y guiado a la libertad. No, diría que es el hambre. Estamos hambrientos. Tenemos hambre de aprobación, de atención, de afecto. Tenemos hambre de libertad para aceptar la vida, conocernos y ser realmente nosotros mismos. [...]


    Mi propia búsqueda de la libertad y mis años de experiencia como licenciada en Psicología Clínica me han enseñado que el sufrimiento es universal. Sin embargo, el víctimismo es opcional. Existe una diferencia entre victimización y víctimismo. Todos podemos ser victimizados de algún modo en el transcurso de nuestras vidas. Todos, en algún momento, padeceremos algún tipo de desgracia, calamidad o abuso, provocados por circunstancias, personas o instituciones sobre las que tenemos poco o ningún control. Así es la vida. Y eso es la victimización. Viene del exterior. Son los matones del barrio, el jefe que se enfada, el marido que pega, el amante que engaña, la ley discriminatoria, el accidente que te envía al hospital.

En cambio, el victimismo procede del interior. Nadie puede convertirnos en víctima excepto nosotros mismos. Nos convertimos en víctimas, no por lo que nos sucede, sino porque decidimos aferrarnos a nuestra victimización. Desarrollamos una mentalidad de victima; una forma de pensar y de ser rígida, culpabilizadora, pesimista, atrapada en el pasado, implacable, castigadora y sin límites o fronteras saludables. Nos convertimos en nuestros propios carceleros cuando optamos por limitarnos mediante la mentalidad de la víctima. [...]

 

    Quiero decir también que no existe una jerarquía del sufrimiento. No hay nada que haga que mi dolor sea mejor o peor que el tuyo, no existe ninguna gráfica en la que podamos plasmar la importancia relativa de un pesar respecto a otro. [...] Las comparaciones pueden llevarnos a minimizar o subestimar nuestro propio sufrimiento. Ser un superviviente, salir adelante, requiere una aceptación absoluta de lo que ha sido y lo que es. Si menospreciamos nuestro dolor o nos castigamos por sentirnos perdidos, solos o asustados ante las vicisitudes de nuestras vidas, por muy insignificantes que estas le parezcan a cualquiera, estaremos decidiendo ser víctimas. No veremos nuestras opciones. Nos estaremos juzgando. [...]


    A menudo, los pequeños disgustos de nuestra vida simbolizan pérdidas mayores; las preocupaciones aparentemente insignificantes indican un dolor mayor.

[...]Aquel día, me di cuenta de lo mucho que mis dos pacientes, aparentemente tan distintas, tenían en común entre sí y con todo el mundo. Ambas mujeres reaccionaban frente a una situación que no podían controlar y ante la que sus expectativas se habían visto truncadas. Ambas padecían y sufrían porque algo no era como deseaban o esperaban que fuera; estaban intentando conciliar lo que sucedía con lo que debería haber sucedido. El dolor de las dos mujeres era real. Cada una de ellas estaba sumida en el drama humano de encontrarse ante una situación que no hemos visto venir y que no estamos preparados para gestionar. Ambas mujeres merecían mi compasión. Ambas tenían capacidad para curarse. Las dos, como todos nosotros, podían decidir adoptar una actitud y realizar acciones que las hicieran pasar de ser víctimas a supervivientes, aunque las circunstancias a las que se enfrentaban no cambiasen. Los supervivientes no tienen tiempo de preguntar, “¿Por qué a mi?”. Para los supervivientes, la única pregunta relevante es “¿Y ahora qué?”. [...]

No podemos decidir tener una vida sin dolor. Pero podemos decidir ser libres, escapar del pasado, nos suceda lo que nos suceda, y adaptarnos a lo posible. Te invito a que decidas ser libre.


                                                                                   La bailarina de Auschwitz, de Edith Eger.

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